Darío Canton | Escritor & Poeta
PUBLICACIONES | Literatura | La historia de Asemal y sus lectores

Un autor en busca de lectores

La Capital (Rosario) - Cultura, 7 de Mayo de 2000
D.G. Helder

La Casilla de Correo Nº5209 del Correo Central de Buenos Aires debería tener una placa que dijera más o menos así: "Esta casilla perteneció al poeta y sociólogo Darío Canton (1928), en la que recibía el correo de los lectores de Asemal, tentempié de poesía del que llegó a editar veinte números entre mayo de 1975 y abril de 1979". Aún sin adelantar un juicio sobre el valor de esa breve incursión en la vida literaria, tendría gracia ver una placa ahí, en el orsonwellano primer piso del Correo Central, donde las casillas de puertas doradas se alinean de mayor a menor desde la base formando una hermética colmena a la que sólo tienen acceso unos miles de iniciados, entre los cuales se encuentran directores y secretarios de toda clase de publicaciones. Seguramente a éstos les daría ánimo, en su visita semanal, ver una placa recordando a Darío Canton, precursor ilustre casi en secreto y poeta de culto que exploró más allá de los circuitos corrientes. Porque eludiendo las editoriales, las distribuidoras, las librerías, los suplementos culturales y demás instancias de mediación entre el autor y los lectores (medios de ida y que por lo general no contemplan ningún tipo de vuelta de los lectores al autor), Darío Canton se las ingenió no solo para hacerse leer de un modo exclusivo sino además para compartir esas lecturas, recuperando en parte ese mundo de asociaciones libres y competencias lingüísticas y volviéndolo a invertir en la letra.

La historia de Asemal empieza en mayo de 1975, cuando Canton despachó por correo la primera tanda de pliegos de papel impresos por y al cuidado gráfico de Juan Andralis, quien además escogió el grabado del búho que presidiría para siempre la portada encima del lema doblemente característico: LEA DESPACIO. MASTIQUE BIEN LAS PALABRAS. Las primeras setecientas direcciones (Canton las escribía a mano cada vez) fueron recabadas entre las de amigos y amigos de los amigos, sin importar la edad ni la ocupación, el único requisito era la licencia que se tomaba el autor de suponer que fuera gente que "en principio leería el material con interés y de la que, eventualmente, podría tener algún eco". Eco... lograr algún eco... la exploración tuvo buen eco... un eco más inmediato... una posibilidad de presencia y eco... en cuanto a aceptación y eco... la palabra se repite a lo largo de la introducción casi como el mantra de reconocimiento de un yo que sin embargo conserva su soledad. De a poco Canton fue recibiendo y correspondiendo los mensajes de sus lectores, los cuales de manera unánime celebraban la idea de recibir en sus domicilios y gratuitamente dosis mínimas y periódicas de poesía moderna, si bien manifestaban sus dificultades para expresar algún juicio específico sobre la misma.

En oposición a los cursos de lectura veloz que por entonces hacían furor en Buenos Aires, Canton experimentaba en sus lectores los efectos de la lectura lenta y el devenir rumiante. En un período de mierda de la historia argentina, "contra los empeñados en hacer bien por la fuerza", Canton persuadía a sus lectores mediante una homofonía conceptista de que lo que hace mal hace bien, y viceversa: entre las más de cien cartas incluidas en el volumen, no menos de veinte veces –empleando diversas fórmulas y ortografía- los corresponsales responden al estímulo de Asemal con Asebien, de la misma forma en que constantemente se hacen eco del sentido figurado del lema de la portada o ensayan juegos de palabras y glosas a partir de poemas o versos determinados.

Poeta que guarda a un sociólogo con estudios en Berkeley –autor de, entre otros, libros como Gardel, ¿a quién le cantás? (1972) o Elecciones y partidos políticos en la Argentina (1973)-, es de imaginarse los niveles de análisis a que sometería las reacciones de sus lectores, catalogados en el fichero según nacionalidad, edad, frecuencia con que manda carta, relación con la escritura, vínculo con la persona del autor, etc. Canton presenta algunos datos estadísticos en el apéndice del libro, pero es por demás escueto, seguramente se guarda muchos, además de omitir cualquier hipótesis sobre los resultados.

Lo que no hay que imaginarse es el sentimiento de Canton por sus lectores, basta percibir el tono de las cartas, la delicadeza del trato, además de la dedicación manual, física que le demandaba la empresa: doblar los pliegos, encintarlos, escribir el nombre y la dirección del destinatario, pagar el franqueo, despacharlos, etc. "Desde mi ángulo debo decir que me enganché con mis lectores –escribe en la introducción-, me enamoré de buena parte de ellos. A algunos treinta, aproximadamente, llegué a conocerlos personalmente. A algunos de esos buenos amigos dejé de verlos pero me sigo acordando de ellos y he hecho intentos por encontrarlos"- -y sigue, párrafo donde se puede observar una amalgama discursiva, porque la calidez del padre "de la gran familia Asemal" trasluce vestigios de metodología con ese "desde mi ángulo" y esos "algunos treinta, aproximadamente". Por acá empieza a verse la originalidad de la obra de Darío Canton, que por comodidad se le suele designar como poética –de hecho tiene poemas- pero que seguramente demanda una visión más abarcadora y meticulosa, que tenga en cuenta muchos otros aspectos que se distancian de los versos y hasta se le oponen. La excentricidad de Canton en tanto poeta se debe en buena medida al cruce de disciplinas, pero a eso no debe dejar de agregársele una voluntad de ensayar variantes para el objeto extralingüístico (léase libro), un sentido del humor y un repertorio temático para nada usuales: el peronismo, la mesa, el proceso de descomposición de una naranja, etc.

La dialéctica del acontecimiento (la empresa durante su fase de desarrollo) y su devenir documento (el libro); la dialéctica del contenido lúdico de Asemal y la coyuntura sociopolítica de esos años, que no se prestaba a juegos (de las cartas afloran el "Rodrigazo", la Triple A, el exilio, etc.); la dialéctica del fichero donde van a parar los datos y la impronta afectiva de los lectores que el autor lleva in pectore; la dialéctica del sonido y el eco, de la experiencia y el experimento; la dialéctica de lo personal y lo impersonal, del anonimato de La mesa -su anterior libro, editado por Siglo XXI en 1972 y que, en el colmo de la impersonalidad, había salido sin mención del autor- y la reivindicación del nombre propio y la propia persona en Asemal: léanme, escríbanme, reconózcanme, hablen de mí, ténganme presente a través de estos pliegos de papel grueso y rugoso con correlatos impresos de mi voz interior...

Con La historia de Asemal y sus lectores Darío Canton inaugura una serie de seis autobiografías intelectuales que se presume serán una más heterodoxa que la otra. En sus casi 300 páginas excelentemente editadas, el libro reproduce de modo facsimilar los veinte números del tentempié, además de todos los suplementos; una introducción en la que se narra puntillosamente el nacimiento, la concreción y el desarrollo de la idea; una cuantiosa selección de cartas de los corresponsales esporádicos y frecuentes, y algunas pocas del propio Canton; más un apéndice con datos estadísticos de los lectores, los corresponsales, la distribución, los costos y la expedición postal. El resultado, como bien lo hace notar el texto de contratapa, "constituye un aporte a la historia de la difusión y recepción de textos literarios; al conocimiento de las condiciones materiales para la reproducción de objetos culturales no comerciales; al rescate, por último, de parte de la obra de un escritor y poeta singular".