Darío Canton | Escritor
Sabado 15 de Diciembre de 2018
 
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Una ilusión objetiva. De la misma llama, Tomo VII, de Darío Canton
Por José Villa
Op. Cit., Revista-blog de poesía argentina, hispanoamericana y traducida – Reseñas y artículos – Multimedia, jueves 10 de diciembre de 2015
 

Darío Canton, sociólogo, poeta, es un creador de estrategias y métodos, un riguroso observador y constructor de procesos. Por eso, el autor de La mesa, La corrupción de la naranja y Diccionario médico Canton, puede ser considerado un precursor de la corriente que se ha dado en llamar objetivismo y, a la vez, uno de sus más radicales exponentes. Si bien Canton no ha sido precisamente una referencia para los poetas que, a principios de los años noventa, definieron esta tendencia, es en aquellos momentos de renovación de la poesía argentina cuando su nombre empieza a resonar. Entre otros, los poetas de Diario de Poesía y 18 W leen o releen su obra. Dedicado a la investigación sociológica, un campo en el que su trabajo es ampliamente reconocido, Canton ha acumulado una deuda: la del reconocimiento en el campo de la literatura y, específicamente, el de la poesía. En buena medida, la motivación de De la misma llama, su autobiografía intelectual, es la narración de ese recorrido.

El séptimo tomo de este fabuloso trabajo (correspondiente al período 1990-2006) es La yapa, que narra, entre otros muchos acontecimientos, al modo cronológico de un diario personal, el proceso de la edición del primer tomo de la obra, La historia de Asemal y sus lectores –un experimento por el cual entre los años 1975 y 1979 Canton distribuyó por vía postal una hoja de poesía de la que fue autor–, describe la publicación de sus trabajos en sociología, publica parte de la correspondencia con su hija Eloísa residente en el exterior (el autor también vivió en Estados Unidos en los años sesenta por una beca en Berkeley) y ordena los textos poéticos de su hijo Ezequiel (que hacen de espacio contiguo a los propios poemas de Darío Canton). Pero esa coordinación cronológica, evidentemente, y como se insinúa desde el momento en que la escritura y la publicación alcanzan el tiempo que por simplificar diremos real, no hace más que generar formas de espejo, artefactos y rulos del tiempo. El presente, tocándose a sí mismo, se hace espectral y va expandiéndose para pasar a ser parte del caos.

Asistimos a la travesía mítica del hombre –para más señas sociólogo– que quería ser reconocido como poeta y que se enfrenta con la postergación, la incomunicación, la muerte, el fracaso. Y esa travesía está, si se quiere, novelizada por un collage de cartas, anotaciones, poemas, fotografías familiares, reproducciones de contratos y documentos literarios. En algún caso, las fotografías ilustran episodios y contribuyen a dar un efecto más de realidad; en otro, componen una secuencia integrada con otros géneros, lo que origina un magma narrativo que es en gran parte un correlato de la necesidad expresada. Tomo por caso a Darío Canton que viaja a Carmelo con el propósito de reducir los restos de su padre para trasladarlos a nicho; ese momento supremo se carga de una serie que alude a un poema publicado en otro tomo, una muestra fotográfica que registra los huesos del padre, un poema que refiere este episodio y el manuscrito del mismo texto, y expone una de las grandes obsesiones de Canton: el origen y la búsqueda de sus vestigios: “Padre/ hijo mío querido/ he puesto/ a blanquear tus huesos/ la frágil/ ennegrecida carne/ que todavía los cubría/ la mano/ que toqué/ la que me llevaba/ caminando/ hasta la estación/ de trenes/ sin que nunca/ nos fuéramos/ demasiado lejos/ sino cuando partimos/ para siempre/ y vos/ después/ para no volver/ con el pañuelo/ que mantenía/ cerrada la mandíbula/ y los dientes/ postizos/ que brillaban espectrales/ y tu cuerpo/ sujeto a todas/ las sacudidas/ en tu morada estrecha/ viajando hasta Buenos Aires/ y después a Carmelo/ bajando al panteón/ saliendo luego al sol/ por última vez/ enceguecido/ casi momia/ faraón de entre casa/ con tus ropas raídas/ deshechas/ y mi curiosidad/ insatisfecha/ por saber/ si tu sexo/ el que hizo lo suyo/ para traerme al mundo/ seguía allí”.

Esta obra basada en el montaje presenta un minucioso trabajo de anotación –por introducciones, notas al pie, tipos de índices, solapas– que imita un ordenamiento académico o, en un sentido más amplio, enciclopédico y objetivo y transfiere un gesto metódico al tema personal. El diseñador y profesor Rubén Fontana ha estado al cuidado de la significativa planificación gráfica de la obra.

Refiriéndose a Nue-Car-Bue. De hijo a padre (1928-1960) (tomo VI de la autobiografía) en el artículo “¿Cómo construir una vida?”, Diego Colomba se pregunta acerca de las condiciones de necesidad de esta “babel textual” y de esta “hybris documental”: “La multiplicación exacerbada de lo vivencial documentado trae consigo, en su mismo exceso, la falta, que escamotea la completud de la presencia que se intenta restituir. Las estrategias de auto-representación del escritor, la puesta en sentido de su historia personal, el orden del relato, buscan, bajo el explicitado influjo del psicoanálisis, exhibir los rastros de esa herida, de ese vacío que impulsa a construir incansablemente el ser que aún no se tiene, de esa falta que ningún material parece poder clausurar”. Además del constante examen de su contingencia y de sus usos de escritor, tal vez como buen sociólogo, Canton documenta la reconstrucción (búsqueda) de su recorrido vital por la necesidad de que, por ejemplo, dentro de cien años quien pretenda recuperar parte de la vida cotidiana en Buenos Aires tenga unos cuantos datos a su alcance (el precio de un departamento, de la edición de un libro, el nombre de un buen imprentero y su técnica de trabajo, la dirección de una pensión –es decir–, indicadores sólidos y transitorios cohesionados en una existencia), junto con los deseos, temores, costumbres e idiosincrasia de un individuo de nuestra época, teniéndose en cuenta su procedencia social.

En el contexto de todo este dispositivo autorreferencial, aparece, en diferentes momentos del relato, otra voz en los textos poéticos –destacados, formalizados, por la tipografía Andralis Italic, de Rubén Fontana–, la del hijo: Ezequiel Canton. El diagnóstico de esquizofrenia de Ezequiel tal vez constituya el núcleo narrativo más dramático del volumen. Se trata del otro poeta, el que espera, se pierde, baja los brazos, el que carece de andamiajes y recursos, o de la posibilidad de un proyecto. El texto que componen Ezequiel (el hijo) y Darío (el padre), por desigualdades o similitudes, devuelve cierta confabulación del mundo duplicado, del tiempo ido:

Tren carguero

Intento sonreír
Vano intento
El viento castiga
Huracanado
La lluvia, ¿lluvia?
Parece diluvio
Se ensaña más aún.

Vamos papá
No me oye
El viejo se está quedando
Un poco sordo.
Papá
Casi grito
Basta papá.
Suficiente.
Hoy no, viejo.
Hoy no va a pasar.

Mi padre se da vuelta
Me mira con esos ojos
Oscuros
(¿por qué los tendré
yo, claros?)
Que lo dicen todo.

Esta vez consigo sonreír
Lo tomo del brazo
Con la mano libre
Levanto la valija trabajosamente
En mi mente
Un sol cálido
Un día templado.

Perdimos papá
Vámonos a casa
Vos a la tuya
Yo a la mía.

 
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