Darío Canton | Escritor
Sabado 15 de Diciembre de 2018
 
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[Poesía] - Darío Cantón, una vida a través de la escritura
La llama viva de la creación
Por Osvaldo Aguirre
Recopilado Suplemento Señales de La Capital, Domingo 30 de abril de 2006.
 

Si los criterios de valoración de la poesía tuvieran más en cuenta los logros de la propia producción antes que la propaganda, ciertas ficciones periodísticas y las relaciones personales, la obra de Darío Canton tendría un reconocimiento mucho mayor del que hasta ahora ha recibido. Nacido en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, en 1928 y dedicado también a la sociología, ha producido y publicado, desde los años 60, en forma distante de los circuitos de difusión y de las sucesivas corrientes predominantes en la poesía argentina, con títulos como "Corrupción de la naranja" (1968), "La mesa", un "tratado poeti-lógico" (1972), o el definitivamente inclasificable "Abecedario Médico Canton" (1977), especie de diccionario propio.

Canton se encuentra dedicado a un proyecto que parece desmesurado: la publicación de una autobiografía en seis tomos, obra en la que cuenta su vida a través de los poemas que ha escrito y en que relata con minuciosidad las circunstancias en que surgió cada texto.

Con tal fin, incluye no sólo la versión final sino todas las que la precedieron, de modo de mostrar y mostrarse el proceso mismo de la escritura.

"De la misma llama" es el título de esa autobiografía, de la que hasta el momento aparecieron tres volúmenes: "La historia de Asemal y sus lectores" (en Mondadori; nota: Asemal fue el título de una hoja periódica que editó en los años 70), "Berkeley" y "Los años en el Di Tella" (en Libros del Zorzal). La conversación que sigue tuvo lugar en el bar La Academia, de Buenos Aires, donde reside Canton.

-El proyecto de tu saga autobiográfica remite al comienzo mismo de tu escritura. ¿Cómo se planteó?

-A principios de la década del 60, yo estaba por irme a Estados Unidos con una beca porque estaba estudiando sociología. Yo estaba en conflicto con la sociología, con lo que se suponía me iba a ganar la vida, y lo que quería hacer, que era escribir. Y lo conocía a (Héctor Alvarez) Murena, él fue el que vio las cosas que yo escribía, que yo le mostraba cada tanto. Siempre me alentó, creyó que tenía posibilidades de expresarme poéticamente. Fui a verlo a su trabajo, en la embajada de Estados Unidos, con un conjunto de poemas, que tenía hechos entre el 59 y 60. No lo encontré, salió (Alberto) Girri a decirme que Murena estaba en Europa e iba a tardar varias semanas en volver. Se me ocurrió preguntarle a Girri si no estaba dispuesto a leer lo que yo llevaba. y Girri me dijo que sí, con una aclaración: "Mire, yo voy a leer con mucho gusto lo que usted me traiga. Pero le voy a decir lo que me parezca: si me parece bien se lo voy a decir, y si no me parece bien también se lo voy a decir. Y amigos como siempre, eh?" Bueno, muy bien, le dije. Estuve dos o tres veces con él antes de irme a EEUU, me hizo sugerencias, recomendaciones de poetas a leer. No sé si en ese momento o después, pero me parece que fue en ese momento, le dije que yo creía que tanto como lo que me estaba señalando me podía servir ver los materiales de él, tal cual los trabajaba. No fui lo suficientemente enfático, tal vez, pero eso nunca llegó a pasar. Yo necesitaba ver lo que hacía la gente que trabajaba en lo que yo quería trabajar. Eso para mí era clave.

-¿Y cómo llegás de ese punto inicial al momento de iniciar "De la misma llama"?

-Esa idea, un poco a partir de mi experiencia, la tuve siempre. Ahora, empezó a perfilarse más cuando en la década del 70 dejo la sociología como ganapán, me "retiro", entre comillas, y me dedico fundamentalmente a trabajar en literatura. En ese momento retomé viejas ideas y hay una carta en que le escribo a un colega sociólogo norteamericano a propósito de cosas que hace él y de cosas que él me había sugerido que yo podía hacer con la poesía, en el sentido de mostrar cómo uno trabaja. Ahí ya está el germen, aparte de mi conversación con Girri, de lo que después apareció, cuando a mediados de la década empecé a juntar ejemplos de trabajos poéticos. Entonces agarré poemas míos y me puse a transcribirlos. Es decir, yo tenía el original y la versión publicada. Entonces me puse a aparear los textos, a tratar de verlos como si yo trabajara sobre un poeta cualquiera desconocido y quisiera saber cómo se llegaba de una redacción inicial a una versión final y cuáles eran los cambios que había y cuáles podían ser las explicaciones. En el caso de los poemas compuestos en esa época yo tenía todo muy fresco; en el caso de los poemas más viejos, no, era más complicado, pero algo podía aventurar.

-Sin embargo has conservado durante toda tu vida anotaciones, borradores y distintos materiales relacionados con los poemas. Un archivo notable.

-He perdido cosas, pero en general soy de conservar. Vengo de una familia que conservaba cosas. Yo he sido un niño Billiken, yo guardaba religiosamente los Billiken, y guardaba Patoruzú. Y El Gráfico, que llegaba para mis hermanos y para mí.

-¿Por qué guardaban?

-(Risas) En general mi familia era gente de guardar. Cuando yo era chico, pasé un tiempo en la casa de mis abuelos, en Carmelo, Uruguay. Ahí había un cuarto de las revistas. Era segunda mitad de la década del 30, pero había revistas de principios de siglo, como PBT, Caras y Caretas, El Hogar. Yo leía todo eso. Y las revistas que yo compraba las guardaba, las coleccionaba. Si uno hacía esto con cosas de otros, es natural que después coleccione cosas propias.

-Según las notas que acompañan a tus textos, prácticamente cada poema está relacionado con una experiencia concreta.

-En mi caso es así. Yo sospecho que en la mayoría de las personas que escriben todo está ligado con su vida, aparecerá o no, estará más o menos encubierto. Creo que no hay escapatoria.

-Una de tus preocupaciones es la exactitud. Pero, ¿qué sería ser exacto en poesía?

-Pienso que ser lo más fiel posible al sentimiento, la idea, lo que sea, que a uno se le ha ocurrido y dio lugar al poema y entonces tratar de ajustar con el máximo de rigor eso que a uno le vino de modo de hacerlo lo más sólido posible. Es difícil que a uno le salga un poema redondo, un texto que salió y al que no hay que tocarle una coma, un punto. Eso se da en contadas ocasiones, en la vida de la mayoría de los poetas.

-El trabajo de escritura, en tu concepción, parece relacionado sobre todo con la corrección, con una depuración de la primera versión en función de ser lo más preciso posible.

-Sí. Me fijo mucho en el vocabulario. Quiero decir, yo creo en el diccionario. E incluso también creo dudando. Cuando yo era chico estaba acostumbrado a lo que se hablaba en mi casa, a lo que hablaban mi madre, mis abuelos. Y yo a veces controlaba si lo que yo sabía del habla cotidiana que oía estaba bien en el diccionario. Quiero decir, tomando como norma lo que yo conocía que se usaba. Entonces creo dudando, a partir de la experiencia de hablante que tengo. El diccionario nunca es tan fino como para recoger todos los matices del habla. Pero yo me crié con la enciclopedia Espasa, allí controlaba las voces. La edición que yo tenía en la casa de mis padres era la de 1928, 1930 y hay cosas que están en esa enciclopedia que después uno no encuentra en los diccionarios actuales, que recogen bastante menos, por razones de espacio, practicidad, el énfasis visual, etcétera. A mí todo eso me importa mucho. Si tengo alguna duda, y para tener el intento de máxima precisión en lo que estoy diciendo, recurro al diccionario, o al uso, en una región determinada. Mi familia está en el Uruguay desde fines del siglo XVIII y mi madre tenía una manera de hablar muy común pero también muy peculiar, que supongo venía de mis abuelos, y yo eso lo respeto, había cierto tipo de palabras a las que se les daba un uso levemente divergente, distinto.

-Por otra parte es sorprendente la cantidad de materiales y referencias que proporcionás sobre tu vida privada y profesional. ¿Por qué le das tanto espacio?

-A mí no me basta una descripción general. Por ejemplo, tengo un pequeño texto, "Temporalidad", sobre algo que yo viví un día frente a la estación Chacarita del subte. Ese poema, que es de comienzos de la década del 70, lo proyecté después hacia delante y hacia atrás, tratando de pensar cómo podría ser ese lugar en que yo estaba en ese momento cien años más adelante y cómo habría sido cien años atrás. Y qué indicación podía yo darle a la persona que pudiera leerme dentro de cien años como para que pudiera precisar dónde y cómo yo estaba y cuál era el ámbito en que yo estaba. Yo necesito eso. Es a lo que trato de aproximarme con estas cosas que pongo, porque a mí me parece importante, para conocer algo de la vida de una persona y para tener una idea del ámbito en que se movía. Para mí son datos básicos, sino de qué estamos hablando. Esto para mí se aplica a la poesía: por qué está puesto esto, qué quiere decir esta palabra, cómo viene la secuencia, de qué me está hablando.

 
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